El minuto de aplausos y los coyotes del INE; en Ensenada, la alarma después del entierro

La Jabalinada / Bruno Cortés

En México la democracia no se heredó: se arrebató. Costó plazas, marchas, una elección robada a la vista de todos y varias décadas de paciencia. Por eso duele más cuando se va uno de los que la empujaron y, el mismo día, descubrimos que alguien la estaba administrando como changarro.

La noche del miércoles murió Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, a los 92 años. Hijo del general Lázaro Cárdenas, ingeniero civil por la UNAM, gobernador de Michoacán, fundador de la Corriente Crítica junto con Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez, candidato presidencial en 1988, 1994 y 2000, fundador y primer presidente del PRD y primer jefe de Gobierno electo del entonces Distrito Federal, de 1997 a 2000. Pocas biografías caben en un solo párrafo y siguen pesando tanto.

La presidenta Claudia Sheinbaum lo despidió como «un hombre de principios firmes, que transformó la vida política de nuestro país» y le dedicó la mañanera de este jueves. Andrés Manuel López Obrador escribió que «sin él, otra sería la realidad política del país». En San Lázaro, antes de la comparecencia del secretario de Educación, los diputados guardaron un minuto de silencio y otro de aplausos, y Ricardo Monreal anunció que propondrá una sesión solemne para el miércoles 4 de noviembre. «Mexicanos como él nacen muy pocos», dijo.

Tiene razón. Y conviene la honestidad: Cárdenas no fue santo de nadie, ni siquiera de los suyos. Se peleó con el PRI que lo formó, con el PRD que fundó y, más de una vez, con la izquierda que hoy gobierna y que ahora lo llora en cadena nacional. Su mayor virtud fue incómoda: la congruencia. Esa que no cabe en un minuto de aplausos.

Ahí está la paradoja del homenaje. Monreal aseguró que «la apertura democrática ya no va a poder involucionar». Ojalá. Pero la democracia no se defiende con bustos ni con sesiones solemnes: se defiende con árbitros limpios, contrapesos vivos y elecciones que nadie pueda comprar al mayoreo.

Y justo de eso se habló en la misma mañanera. Sheinbaum dijo, sin rodeos: «Yo creo que Guadalupe Taddei traicionó la confianza del pueblo de México. Hay que decirlo así». Pidió a la Auditoría Superior de la Federación revisar no solo la gestión de la expresidenta del INE, sino las contrataciones de papelería electoral desde 1999, incluidas las de los organismos locales. Y soltó la frase del día: «Hay que acabar con los mapaches electorales… pero hay que acabar con los coyotes».

La propuesta es convertir a Talleres Gráficos de México en una empresa estatal, con consejo de administración y vigilancia, para que produzca la mayor parte de la papelería electoral. Suena bien. Pero conviene la salvedad jurídica: no hay sentencia, hay investigación, y Taddei tiene derecho al debido proceso. Y conviene la otra salvedad, la política: el problema no era solo quién imprimía las boletas, sino quién vigilaba al que las mandaba imprimir.

Porque en la misma Cámara, unas horas después, Mario Delgado, que dirigía Morena cuando Taddei llegó al INE en 2023, salió a defender el origen: «Fue a tómbola, no fue una designación a modo». Cierto, hubo tómbola. Lo que no hubo fue tómbola para los superpoderes que Morena le dio en 2024 para nombrar directamente a los titulares de áreas estratégicas sin pasar por el Consejo General. Con esa facultad hizo 17 nombramientos. Eso no lo sacó ninguna urna de cristal.

Traducción jabalí: ahora todos descubren al coyote, pero nadie recuerda quién le dejó abierto el corral.

La oposición tampoco sale limpia. PAN y PRI piden quitar esos superpoderes y exigen pulcritud, pero los contratos que ahora se quieren revisar desde 1999 también corrieron en sus sexenios. Mucha indignación, poca memoria.

El tercer tema no tiene homenaje ni conferencia temática. En Ensenada murieron 10 personas tras las lluvias de la tormenta Rachel. Cuestionada en la mañanera, la presidenta respondió: «Hubo alertamiento, claro que, pues tendrá que hacerse el deslinde de responsabilidades». Reconoció que «a veces las poblaciones aisladas no les llega tanto esta información» y anunció que el alertamiento telefónico «en noviembre ya va a estar listo».

Se agradece que no se hable de «percepción» ni de «fenómeno extraordinario». Pero el orden importa. Primero llegaron las lluvias, luego los muertos, después el deslinde y, al final, la alarma. No es mala suerte: es calendario. Un exdirector de Protección Civil municipal reconoció ante el Cabildo que no había notificaciones formales de desalojo para las familias junto al arroyo, y ya hay una denuncia ante la FGR contra el delegado de la Conagua en Baja California. Que se investigue. Que no se diluya.

Porque en este país la alerta suele sonar fuerte en las ciudades y en voz baja donde más falta hace. El que vive junto al cauce sin desazolvar no necesita un mensaje en el celular después del entierro; necesita que alguien limpie el arroyo antes del aguacero.

EL DATO: En la elección de 1988, la que Cárdenas disputó y que buena parte del país recuerda por la «caída del sistema», la Comisión Federal Electoral la presidía el secretario de Gobernación, Manuel Bartlett. Décadas después, Bartlett fue director de la CFE en el gobierno de López Obrador. En México la memoria democrática es larga; la memoria de los partidos, cortísima.

P.D. 1. — Hoy se despide a quien enseñó que el voto se defiende en la calle. Pronto, ese mismo Congreso tendrá que decidir si a la presidencia del INE se le quitan los superpoderes o se le deja con jefe único. Ahí se verá cuánto pesaba de verdad el minuto de aplausos.

Cárdenas se va, los coyotes se quedan y la alerta llega tarde.

Y de las tres noticias, la única que no tiene remedio es la primera.

Entradas relacionadas

Deja un comentario